Galicia

1335 libros para las mujeres de las prisiones de Galicia.

30 de mayo de 2022

Salimos de la estación de Chamartín a las 06:20 en punto con cara de sueño y susto. El miedo a dormirnos acumulado durante la noche no desaparece del todo hasta que el tren arranca. Como el vagón está vacío, nos dispersamos hacia las ventanas para ver amanecer. ¿Cuánto tardaba Maruja Mallo en hacer este trayecto? Llevamos ciento cincuenta y tres días esperando este momento.

 

Primera parada: Ourense. Centro Penitenciario Pereiro de Aguiar. 290 hombres, 22 mulleres.

Llegamos alrededor de las diez. Como siempre, como flanes. Llegamos después de treinta y cinco minutos de taxi atravesando prados y bosques de eucaliptus. Esta cárcel es tan pequeña que aparcamos casi en la puerta. Entramos: mucha luz, muchas plantas, poca sensación de cárcel. Mientras sacamos los DNI´s, aparece el director: Francisco. Un señor entrañable que nos da la bienvenida y nos lleva a su despacho. Entramos. Nos impresionan el amor con el que habla de la iniciativa (se sabe de arriba abajo esta web) y las paredes. ¿Por qué hay tantos pósters enmarcados de perros?, preguntamos muertas de amor. Fuimos los primeros en hacer terapia asistida con perros, contesta Francisco con una sonrisa de Golden Retriever. ¿Y hay perros ahora? No. Y lo dice con morriña.

 

El trayecto al salón de actos es muy corto. El lenguaje visual de seguridad y encierro es sutil, ni siquiera hay barrotes en las ventanas de las celdas que dan al pequeño jardín que atravesamos; es una cárcel como de pueblo. Quería que todas las puertas de los despachos estuvieran abiertas para que los internos y las internas tuvieran confianza para hablar con ellos, nos cuenta Francisco. ¡Gracias por decir internos e internas!, decimos mientras nos damos codazos.  Aquí nos envían a quienes no se adaptan a una cárcel, casos perdidos. Así es Francisco y así es la cárcel que gobierna: amable y humana. Llegamos al salón de actos: asientos naranjas, telón granate, paredes amarillas y qué buena acústica, dice Ajo. Los libros dedicados ya están preparados para abrazar a las presas y nosotras, también. 

Empiezan a llegar. Nos sonreímos. Saludamos. Hay una mujer embarazada  y cierta tensión. Son tan pocas que enseguida nos presentamos y contamos lo que ha pasado fuera. Escuchan, cuchichean, algunas sonríen. ¿Alguna de vosotras quiere acercarse a coger un libro y leer la dedicatoria? Silencio. Vengaaa, que alguna rompa el hielo. A veces les cuesta pero en cuanto una mujer lee la primera dedicatoria, todo cambia, sus caras, el ambiente, nosotras.

Después de ocho o nueve dedicatorias y muchas emoción, La Conseguidora corta para dar paso a Ajo. Luego podréis elegir todos los libros que queráis, dice, es que si no amigas os flipáis con las dedicatorias y no me hacéis ni caso. Si tuviera una fábrica de sal la llamaría sal de dudas y si pusiera una de higos, la llamaría higos de puta. Empiezan las carcajadas, los aplausos y a soltarse del todo. En una esquina del salón, Tuchi está concentrada en dibujar -así de bonito- todo lo que puede.

Segunda parada: LUGO. Centro Penitenciario Bonxe. 216 hombres, 17 mulleres.

Llegamos sobre las cuatro. Otra cárcel pequeña en mitad de un bosque. En la puerta, dos médicos del Samur esperan la autorización para entrar a dar un curso de primeros auxilios. Hombreeee, ¡qué casualidad! Nosotras venimos a traer libros dedicados por la gente a las mujeres. ¿El curso es también para ellas? En Bonxe todas las actividades son mixtas.

Dos funcionarias y un funcionario (por las tardes no suele haber educador/a) nos llevan hasta la biblioteca del módulo de mujeres. Los libros están allí. Pasamos un par de controles y cruzamos el patio en medio minuto. El canto de los pájaros impresiona. La biblioteca es un espacio de 20 metros cuadrados con una mesa redonda, unas sillas de plástico, una butaca vieja y una estantería de pino con más enciclopedias de Todo Colección que libros. En una esquina, el lomo de una edición de Fortunata y Jacinta de 1975 nos guiña un ojo lo sacamos, vemos la portada y durante unos segundos nos dan ganas de robarlo. Sacamos los libros de las cajas, los colocamos sobre la mesa y esperamos a que lleguen.

Vienen nueve. Todas son gallegas. La más joven debe de tener treinta y cinco años. Esto es un convento, dice una al entrar. ¿Cómo te llamas? Lidia. Lidia de lidiar, de lidiar con la dificultad, eso pensamos. ¿Qué tal estáis? Muchas gracias por venir a todas. Don Peña (como acaba de llamar una mujer al funcionario) observa desde fuera. Presentamos. Estamos muy muy cerca las unas de las otras. Todas sonríen, todas quieren leer dedicatorias, todas leen. Todas menos Dolores que tiene 60 años, 7 hijos, 11 nietos, 15 meses de condena y no sabe, o mejor dicho, nunca la enseñaron. Pero viendo estos libros me dan muchas ganas, confiesa emocionada. Una interna con una botella de suero pide permiso para irse porque no se encuentra bien y para coger un libro. ¡Todos los que quieras!

El microshow de Ajo es breve para darle más tiempo a la elección de libros y aún así da tiempo a poco, nos tenemos que marchar. Nos despedimos con abrazos y un ¡ojalá que todos estos libros os acompañen mucho!

31 de mayo 

Pontevedra. Centro Penitenciario A Lama. 884 hombres, 62 mulleres.

Son las once de la mañana y llueve a mares. Esto ya es una señorita cárcel. Nos recibe la subdirectora de tratamiento (Andrea) y con mucho cariño nos conduce hasta el salón de actos. Llueve como si no fuera a parar nunca. En el camino Andrea nos cuenta que tienen varios módulos mixtos. Qué bueno. ¿Y qué pasa si se enamoran? Los separamos. ¿Y se pueden seguir viendo? Sí, en el locutorio, en los vis a vis, se escriben cartas. Echamos de menos recibir cartas de amor y más aún, esperarlas. Llegamos al salón de actos. Los libros están en el escenario pero las internas ya están dentro y perderíamos mucho tiempo en bajarlos a la altura de los asientos (y las mujeres) así que presentamos la iniciativa abajo y damos paso a lectura de dedicatorias en el escenario.

En cuanto una mujer sube y lee la dedicatoria de un libro que ha escogido al azar, al escenario empiezan a subir todas. Eligen libro, leen la dedicatoria y en vez de bajar para volverse a sentar, repiten y se vuelven a poner a la cola a esperar de nuevo su turno. Como un grupo de niñas saltando a la comba en el recreo. Lo nunca visto. Qué rabia que no nos hayan dejado grabar.

Microshow de Ajo, carcajadas, aplausos y entrega de libros. Todas quieren poesía. ¿Qué pasa en Galicia que todas queréis libros de poesía?, de haberlo sabido habríamos traído más. Se ríen. Es que escribimos en papel los que nos gustan y se los damos a nuestros novios. Yo quiero un libro que me ayude a confiar en mí misma. Yo uno de letra grande. Yo no sé lo que quiero.  El tiempo vuela. Andrea nos hace una señal para cortar. Anunciamos la despedida, agradecemos y ¿alguna de vosotras quiere decir algo? Una mujer mayor cargada de libros levanta la mano: me gustaría recitaros un poema que escribí aquí. Como los de María Galiana en Solas, los ojos de Carmen hace mucho que no sonríen. Tira de memoria. 

 

Lo que daría yo por empezar de nuevo.

Por oír los gritos de mi madre en la ventana “esta niña llega siempre tarde”.

Lo que daría yo por pasear por esas arenas blancas de la playa.

Por ver a mi padre sentado en el paseo.

Lo que daría yo por ir con mis amigas a las verbenas y bailar toda la noche

Por tener a un hombre que, cuando estuviese colgando la colada, me agarrara por la cintura.

Lo que daría yo por preparar la cena y decir a todos: ¡a cenar!

Pero lo que sí puedo dar es hacer que la vida de ahora en adelante sea feliz hasta el final.

Al grito de ¡Carmen, por favor, no dejes de escribir nunca!, salimos pitando hacia la tierra de Concepción Arenal.

Centro Penitenciario Teixeiro, A Coruña. 1200 hombres, 54 mulleres.

Llegamos al parking después de comernos un menú y mucha carretera acompañadas por un invitado muy especial: Carlos Risco. Carlos es periodista, músico, escritor, poeta, especial. Vive en un bosque centenario y ya que pasábamos cerca de su casa, le invitamos a poner música a los micropoemas de Ajo y a escribir un artículo para alguno de los medios para los que colabora. Risco mira el mundo como un personaje de Miguel Delibes, y como Marta Riezu, y como Thoreau. Llueve mucho. Como en el principio de Mi vida sin mí.

Texeiro es gigante. Seria. El control de seguridad nos descontrola. No llevamos nada pero algo pita una y otra vez. Son los aros de los sujetadores de Tuchi y La Conse. ¡Los aros pitan! Se los tienen que quitar en el baño de la entrada. La idea de que para entrar en una prisión hay que quitarse algo que nos aprisiona nos confunde y a la vez, nos hace sonreír. Al otro lado, diez minutos después, nos recibe un educador.

En el camino al salón de actos llueve tanto que tenemos que subir el tono de voz.  Adelantamos a un grupo de internos que avanzan en fila. Saludamos. Pasamos por delante de un jardín vallado. Un perro que se acerca, un perro que se pone de pie y nos pide una caricia, un perro que no podemos ignorar. Nos paramos. ¿Cómo se llama? Lupo, contesta el educador. Affinity nos manda pienso para los perros. “Está mejor cuidado que nosotros”, dice un interno mientras el grupo se aleja.

Llegamos al salón de actos. Los libros están preparados. Empiezan a llegar. Son bastantes, la mayoría gallegas. Hay una mujer sorda y nos piden que nos quitemos las mascarillas para presentar. Contamos qué hacen ahí todos esos libros,  por qué son especiales, ¿Alguna quiere leer una dedicatoria? Silencio. Una mujer, Génesis, se anima y se emociona tanto que como ninguna de sus compañeras se atreve, lee una dedicatoria detrás de otra. Las dedicatorias triunfan. Triunfan lo más grande.

Con sonrisa de haber aprobado un examen difícil damos paso al microshow de Ajo. Risco abandona su papel de observador, agarra su guitarra y se sienta junto a ella. Ajo empieza a recitar y Risco, a colorear; improvisa, es la primera vez que se juntan. Arrancan bonito pero llueve tanto que cuesta entender a Ajo. Llueve tanto que parece que llueve dentro. Le hacemos señas para que suba el volumen, con ímpetu, como si lanzáramos una moneda al aire. Diez minutos de risas y aplausos. Ajo se despide y deja a Risco solo. 

Pero muy acompañado porque en los primeros acordes de A Carolina (una canción feminista popular) las mujeres empiezan a cantar y en los primeros de Oliñas Veñen (otro himno popular), empiezan a levantarse para cantar. El cuerpo sabe que se canta mejor de pie, que se hincha más el pecho, que se vacía más la pena.

 

Risco termina y lanzamos nuestra frase favorita: ahora sí, compañeras, podéis coger todos los libros que queráis. Se abalanzan. Tuchi hace de Tuchi y el resto, de libreras. ¿Tenéis libros de poesía? La pregunta nos persigue. Buscamos. ¿Cómo te llamas? Noemí. ¿Cuánto llevas aquí? No contestes si no quieres. Seis meses. Por una orden de alejamiento de mi marido. Tengo problemas con el alcohol. En el COVID mis hijos se pusieron enfermos, me acerqué a verles y me denunció.

Según datos de Acope, el 88,41% ha sufrido violencia machista. La mayoría de los delitos de las mujeres están relacionados con el hombre. Existe una relación directa entre el maltrato, las secuelas psicológicas y la historia delictiva. El trastorno de estrés postraumático que sufren las mujeres maltratadas conlleva depresiones, drogodependencias, autolesiones, agresividad, sobremedicación. ¿Te gusta leer? Mucho, sobre todo, cuentos. El tiempo vuela igual que los libros de las mesas.

Una mujer nos descubre que en la cárcel se pierde visión porque no  hay horizonte, que Cruz Roja les manda gafas, que los muros también estropean la vista, que no poder mirar lejos ciega. Nota mental: intentar involucrar a alguna marca de gafas. ¡O a todas! Tardamos un rato en salir del asombro y de la prisión. Nos despedimos de las mujeres de Texeiro, de Galicia y de la lluvia empapadas. Sobre todo, de realidad.